“El hombre nace con un vacío en su ser, el que sólo podrá ser llenado por Dios.” – San Agustín.
Trabajé como profesor en el Instituto Nac. de Matagalpa 10 años. Visitaba a veces la iglesia catedral para admirar la belleza interior del edificio.
Allí conocí al Pbro. Pedro Vílchez y por consejos suyos asistí a un retiro espiritual: Cursillo de cristiandad. Pero antes de ingresar al retiro, me tomé dos cervezas porque andaba de “goma”. Durante tres días nos dictaron charlas o “rollos” acerca del matrimonio, la fe, la borrachera, etc. Pero yo pude entender que unos “tragos moderados” de licor no eran pecado, sino la borrachera; pero yo no podía beber “tragos moderados”.
Al regreso del retiro nos reuníamos en grupos o células en cada casa una vez por semana para intercambiar experiencias espirituales, rezar, leer la Biblia, y al final, un cafecito. Pero una noche, al terminar la piadosa reunión, yo dije en broma: “Hermanos, ¿será pecado tomarnos un traguito antes de irnos a casa?” Uno de los hermanos dijo: “El pecado está en la borrachera”. Y pusieron la botella: una botella de whisky Old Parr.
A partir de aquella noche, casi siempre, al terminar la piadosa reunión, apartábamos las Biblias y un hermano ponía la botella; y después, ya picados, nos íbamos a un bar para seguir bebiendo; y luego, yo regresaba a casa borracho.
Pero en cuanto a religión éramos fieles cumplidores: lunes a Ultreya (asamblea de cursillistas), jueves al Santísimo y misa, domingos a misa, confesión y penitencia {rezar 5 Padrenuestros y 5 Avemarías}, comunión; pero después de misa, casi siempre, al bar. (Lee en tu Biblia, 1ª. Corintios 6:9-10).
La Biblia asegura que los borrachos no heredarán el reino de Dios. Y yo era borracho, desde el momento en que me emborrachaba. Tampoco lo heredarán: ni ladrones, ni idólatras, ni estafadores, ni mentirosos, ni homosexuales, ni tacaños, etc. (Lee en tu Biblia: Gálatas 5:16-21).
Un día llegó al centro donde yo trabajaba un predicador evangélico, el Pastor David Spencer, y con el permiso del Director dictó charlas a los estudiantes y al final obsequió un precioso libro: “La Cruz y el Puñal”, de David Wilkerson. Lo leí y el Espíritu Santo tocó mi corazón. Leí después “Escucha mi confesión”, de Orsini, un cura italiano.
Orsini dice que una cosa es practicar la religión, asistir a misa, rezar, dar limosna, etc., pero otra cosa es tener a Cristo en nuestro corazón. Al final del librito había un ejemplo de oración a Dios acerca de cómo recibir por fe en nuestro corazón a Jesucristo y de cómo ser lleno del Espíritu Santo; expresé la oración con fe, y al terminar, al decir “amén”, extrañamente comencé a gemir como un bebé. Estaba llorando, pero lloraba de gozo y de paz interior; gozo y paz que no pude encontrar a través del licor. Es que por fin había nacido de nuevo (Juan 3:3,6). Las cosas viejas, como el deseo de beber licor, pasaron, porque ahora yo era una nueva criatura en Cristo (2ª. Corintios 5:17). La paz del Espíritu del Señor inundó todo mi ser: Él estaba saciando mi sed, pues Él había dicho: “El que tenga sed venga a mí y beba…” (Juan 7:37-39). Realmente mi sed por el licor era sed de Dios, pero yo no lo sabía (Juan 4:13-14), y por eso bebía licor.
El Espíritu de Cristo echó fuera al espíritu malo que me impulsaba a beber licor (Mateo 12:36-43). Creo que así como yo fui libertado de esa sed de licor, asimismo puede ser libertado todo el que esté dominado por ese maldito vicio; el que, si no lo dejamos, el infierno nos espera (Lucas 16:19-31).
Al día siguiente, domingo, me fui a misa y con el permiso del obispo, Mons. Barni, expliqué ese día ante la congregación de tres templos mi bendita experiencia con Dios: en Iglesia Catedral, en Molagüina y San José. Y como sentía entonces el deseo de predicar, pero al darme cuenta que no conocía la Biblia, me fui a las oficinas del obispo para invitarlo a fin de que hablara de Dios a mis alumnos. No quiso. Visité después al P. Vílchez; también se negó; entonces, desilusionado, me fui a una iglesia evangélica: el templo Elim (As. de Dios). Un jovencito tomó una Biblia en sus manos y me dijo: “¡Vámonos!”
Antes fui religioso como Nicodemo (Juan cap. 3), pero andaba perdido. Ahora tal vez no tenga religión, pero tengo salvación, porque tengo a Cristo en mi corazón. Mi cuerpo es ahora Su templo, templo que debo cuidar porque la Biblia dice que por la presencia del Espíritu Santo en nosotros, nuestro cuerpo es santo (Lee: 1ª. Corintios 3:16,17).
¿Desearías recibir ahora a Cristo por fe en tu corazón? (Efesios 3:17; Colosenses 2:6). Al recibirlo, la Biblia dice que venimos a ser hijos de Dios (Juan 1:12,13). Entonces, “el que tiene al Hijo de Dios, tiene la vida” {la vida eterna} (1ª. Juan 5:11,12). Ven a Cristo hoy, pídele perdón por tus pecados, abandónalos y consagra tu vida a Él. Y, además, busca la paz con todos y la santidad, sin la cual no hay salvación (Hebreos 12:14). Lee tu Biblia y ora a Dios a diario y visita siempre una iglesia cristiana (Hebreos 10:24,25).
Oración: Si es posible, de rodillas y con fe, dile al Señor Jesús: “Señor, reconozco que soy pecador y que, aunque he creído en Ti, siempre he hecho mi propia voluntad. Pero ahora vengo ante tu presencia para rogarte perdones todos mis pecados. Hoy renuncio a toda influencia maligna de vicios en mi vida. Perdóname y libérame, Señor. Dame fe para creer que hoy mismo he sido libertado de todo espíritu de vicios. Y ahora, por fe, Señor Jesús, te recibo en mi corazón como Dueño y Señor de mi vida y el Salvador de mi alma. Gracias, Señor Jesús. Amén”.
Dios te bendiga,
Un servidor, Antonio Celis Estrada

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